viernes, 12 de junio de 2015

UNA HISTORIA SIN NOMBRES




En memoria poética a  Nazim Hikmet y Elsa Isabel Bornemann, que siguen vivos entre nosotros.


Ésta es la historia de un hombre grande, muy grande, que conoció a una mujer pequeñita, pequeñita.
Cómo se llamaban y en qué país ocurrió, nadie lo recuerda.
Sólo se sabe que es una historia que sucedió hace muchos años. En aquellos tiempos en que se levantaban los pantalones con roldanas, como nos decía nuestra abuelita vasca.
El hombre grande y la mujer pequeñita se conocieron un día de verano que más bien parecía uno de primavera.
El día estaba lleno de pájaros y mariposas que revoloteaban por doquier, entre un fuerte aroma a  madreselvas en flor.
Eso sólo era así cuando el viento no venía del lado contrario.
Desde allí, llegaba con un fuerte olor húmedo a salitre, algas, peces y barcos hundidos, porque era un sitio a las orillas del mar.
El hombre grande disfrutaba de caminar por la playa y, cada tanto, se daba vuelta para mirar sus enormes huellas dibujadas sobre la arena.
El hombre grande se veía bien bonito con su cuerpo cubierto de vellos rubios, su enrulada cabellera suelta, movida por el viento, y sus ojos azules de un metro de iris.
De pronto, al darse vuelta, vio que sobre sus huellas venía dando brincos una mujer pequeñita. Y la observó muy bien.
La mujer pequeñita no era más grande que sus huellas de hombre grande si estuvieran de pie, detalló. Vestía una ajustada falda roja, calzaba unos zapatos del mismo color y había soltado la trenza de su larga cabellera castaña, para liberarla al esplendor del sol.
El hombre grande era tímido, muy tímido.
Y la mujer pequeñita, ¡tenía un carácter!
Pero, igual, él se enamoró de ella. A primera vista. Como a veces suele suceder.
De si ella se enamoró de él, no lo sabemos.
Un día, la mujer pequeñita le dijo al hombre:
─ ¡Hazme una casa grande, llena de  todo lo necesario!
El hombre grande trabajó y trabajó, hasta que hizo una casa a la medida.
Hermosa, la casa.
Con amplias habitaciones, muchos muebles de madera labrada, bellos adornos y todos los utensilios necesarios. Algo más a como se la habían pedido.
Una gigantesca casa de piedra que ocupó casi una media hora de los ojos pequeñitos de la mujer pequeñita para poderla ver de frente.
─ ¿Qué es esto, chico? ¿Cara de qué me has visto? ¡No la quiero! No me gusta. ¿Tú piensas que voy a pasar todo el día para subir los tres escalones de esa entrada cuando no estés conmigo? Es muy hermosa esta puerta de madera para entrar a la casa. Bien me dice de lo que encontraré dentro. Pero, ¿cuánto voy a demorar en alcanzar su picaporte, si lo alcanzo? No quiero ni siquiera entrar. Sólo piensa. ¿Qué haré para arreglar y limpiar la sala? ¿Cuántos días demoraré en hacerte la primer comida? ¡No la quiero! Más: ¡ahorita mismo me voy!
Lo último que escuchó el hombre grande, muy grande, fue la voz chillona de la mujer pequeñita diciéndole ¡adiós!, mientras, daba varios saltitos para desaparecer de su lado.

            ─ ¿Así termina la historia?
            ─ De acuerdo a lo que logrado averiguar, no. Aquellos que cuentan cuentos tienen tres versiones para el final de la misma.
            ─ ¿Nos toca elegir con cuál de ellos nos quedamos, sea porque es el más interesante o sólo porque es el que nos gusta más?
            ─ Eres, tú, quien lo pregunta, no yo. Yo sólo sigo con lo que te estoy narrando.

            El primer final dice que todo terminó aquí. Cuando la mujer pequeñita se fue dando sus pequeños saltos y el hombre grande entró en su casa. Así de triste, así de mal. Y los contadores de cuentos lo justifican aclarando que no todas las historias tienen un final feliz.  Cosa que no deja de ser cierta, según lo vemos en otros cuentos.
            El segundo final, que es el más conocido, nos asevera que la mujer pequeñita, a la semana, se enamoró de un hombrecito de su tamaño y se casó con él, para vivir en la ciudad en una casita de su tamaño, llena de todo lo necesario y con un cerco de otras flores, tan olorosas como las madreselvas, a su alrededor. En tanto que, el hombre grande quedó viviendo en la casa que había construido para ella. A la espera de otra mujercita para que la habitara junto con él, mientras  le entregaba  todo su amor de hombre grande.
Al tercer final, me lo contó nuestra abuelita vasca, que siempre nos decía:
─ Como lo cursi tiene su encanto, a mí, es el final que más me gusta.
 Los que cuentos cuentan, nos afirmaba, dicen que sí, que la mujercita que, sin duda, tenía un corazón pequeño, abandonó al hombre grande y se casó con un hombre pequeñito que tenía una casa pequeñita llena de todo lo necesario, justo, al lado de la casa que no quiso.
Cuentan, también, que el hombre grande, muy grande, se alejó de allí, hacia el patio trasero de su casa para tenderse en el suelo y llorar. Y aseveran que lloró y lloró hasta convertirse en una montaña con la forma de un hombre acostado en la tierra, boca abajo.
La mujer pequeñita y su marido, como si fuera propiedad heredada, se hicieron muy ricos al vender la casa del hombre grande, con la condición de que la cambiaran de lugar.
Con el dinero obtenido derribaron su casita y construyeron una al pie de la montaña.
Pero, al pasar los días, las semanas y unos meses, la mujer pequeñita, pequeñita, se despertaba ansiosa, como en medio de un mal sueño. Sentía que un dedo rosaba su cuerpo desnudo. Era un dedo grande que olía a madreselvas en flor.
Y pasó el mes. Y el venidero. Y el otro. Y el siguiente.
A la mitad de una noche de luna llena, casualmente, después de pasar un nuevo día de verano que más bien parecía uno de primavera. Justo un día como aquél, el que ya no recordaba, porque era un día lleno de pájaros y mariposas que revoloteaban por doquier. Entre un fuerte aroma a  madreselvas en flor, la mujercita se despertó ansiosa. 
Pero no como las otras veces.
Esta vez, sintió que su corazón se hacía tan grande, tan desmesuradamente grande, que su cuerpo debía crecer muchísimo para lograr contenerlo.
Y recordó que el hombre grande, muy grande, al que cada vez venía amando más en el secreto de sus noches, le había contado que fue así, por tener un corazón muy grande, como se trasformó en gigante. Así que supo lo que tenía que hacer.
Corrió montaña arriba, iluminada por la luz de la luna.
Cuando llegó al claro del monte que parecía la espalda del hombre grande, se tendió sobre ella, abrazándola. Y se durmió.
Al amanecer, desde ese claro del monte, volaron bandadas de pájaros y mariposas.
Y sobre la espalda de la montaña se veía un enorme jardín de madreselvas que tenía la forma de una mujer acostada sobre ella, abrazándola.


Texto: Armando Quintero. Basado en el poema “El gigante de ojos azules” de Nazim Hikmet y en el Cuento Gigante de Elsa Isabel Bornemann / Ilustración: Armando Quintero
Enlaces: Pueden leer el poema y el cuento en los enlaces que están señalados abajo:
http://www.cancioneros.com/nc/6931/0/el-gigante-de-ojos-azules-hikmet-nazim-dina-rot /
http://bpcd-ebornemann.blogspot.com/2013/06/cuento-gigante-de-elsa-bornemann-del.HTML

domingo, 7 de junio de 2015

Creo en Aquiles Nazoa siempre vivo


 

Creo en ti, Aquiles Nazoa, padre todo poderoso, que supiste hurgar en la vida privada de unas muñecas de trapo y crear historias como la de un caballo que era tan bonito como para alimentarse de jardines y que, cuando fue muerto en un campo de batalla, resurgió, no de sus cenizas como el Ave Fénix sino de sus propias flores, para elevarse en los aires cual mariposas o pájaros de múltiples colores; o, esa en la que tu madre recorre su pueblito de recuerdos mientras, tú, tomado de su mano, sentado en sus faldas o apoyado en sus hombros, te vas haciendo pequeño, más pequeño, pequeñito, hasta llegar al momento en que eres gestado por la suavísima alfarera que ella es al escuchar el susurro de las palabras enamoradas de tu padre;  o, en fin, esa otra en la que revitalizas los mágicos instantes en los cuales tu padre te contaba un pícaro cuento de animales. Creo en ti, el Aquiles Nazoa que se paseaba por las calles de Caracas a pie, en bicicleta o montado en un tranvía de dos pisos; o trepaba por las alambradas de las estadios para remontar papagayos multicolores que se elevan en los aires como signos libertarios. Creo en ti, hermano de las estrellas, oidor de las tinajas sonoras que se recargan con las gotas de lluvia, recolector de las monedas de chocolates atesoradas bajo las almohadas de la niñez y hasta, por qué no, respetuoso de los silencios para que tus tíos panaderos pudieran dormir de día porque trabajaban por las noches.  Creo en ti, el que escuchaba a su isleña abuela de El Hierro susurrando sus cuentos y canciones para llenar tu niñez pobre, pero nunca triste. Tan hermosa en la realidad y poblada de fantasías como como la revivida y vuelta a pasar por tu memoria. En fin, creo en ti, y lo creeré por siempre, porque eres ese Aquiles Nazoa que se levanta en las mañanas para acompañarnos desde las páginas de tus libros, se monta en su escarabajito y recorre nuestras violentadas calles para gritarnos que Venezuela es aún posible si, como tú, creemos y amamos las cosas sencillas de la vida.
 
 
Texto: Armando Quintero / Ilustración: Nicolás Ignacio Daboín Quintero 

jueves, 28 de mayo de 2015

La muchachita del bosque


Es posible que no todos los cuentos comiencen por había una vez o érase una vez.

Éste, sin embargo, sí.

Había una vez un lejano país perdido allá por la Edad de las Tinieblas.

En ese país, había un enorme bosque de abedules.

Por lo tupido de su vegetación, podría llamarse Selva Negra.

Pero, no: nadie conocía el nombre de ese bosque.

Quizás, algunos, no querían ni acordarse.

Varias trochas y caminos serpenteaban por él.

Todos conducían a una casa, hermosa. Como de cuento.

Un águila giraba, cada tanto, sobre ella como avistando a una presa.

Bajo las pocas nubes blancas, iluminadas por el sol de la mitad de la mañana.

La puerta de la casa estaba abierta.

En sala, en un perchero de pie, se veía una caperuza de color…

—¡Rooooooojo!

—¡No! Esta vez era azul.

Desde la cocina, manaba un fuerte olor a legumbres y hortalizas recién cortadas.

Una muchachita picaba, con extremo cuidado, papas, puerros, zanahorias, varias cebollas, ajo y unas cuantas ramitas de perejil.

A un lado de la mesa, una enorme olla con suficiente agua y sal.

Sobre la mesa, además, se veían unos fideos para sopa.

Las indicaciones del caldo a hacer en aquel día, eran del Sr. Lobo.

¡Un buen maestro de cocina!

—¿Dónde está la carne?― preguntó la muchachita.

El lobo tomo un enorme y afilado cuchillo. Y sonrió con malicia.

―Es tu carne, amiguita― respondió, mostrando sus afilados colmillos.

―La mía, ni lo piense, Señor Lobo. Yo no soy Caperucita.

—Sólo fue una broma.

El lobo abrió la puerta de una de las alacenas y sacó una fuente con una enorme calabaza cortada en trozos.

—No hay pulpa más sabrosa y tierna— comentó. Y ambos rieron mucho.

De inmediato, pusieron los trozos de calabaza, las zanahorias y unas hojas de laurel  en aquella olla grande.

El águila graznó desde lo alto cuando el lobo y la niña llevaron la olla al encendido fogón del patio trasero de la casa.

Luego le fueron agregando los puerros, las cebollas, las papas, los fideos y las ramitas de perejil. Y dejaron que todo se cocinara a un buen fuego moderado.

Cuando el aroma del caldo de legumbres y hortalizas ya invadía todo el lugar, el Sr. Lobo le hizo una seña a la muchachita que sacudió en el aire un gran pañuelo rojo.

El águila grazno con toda su fuerza.

Los animales aparecieron por las trochas y caminos.

Y se sentaron alrededor de la larga mesa ya servida.

Era la hora del almuerzo vegetariano que, desde hacía un tiempo, el lobo compartía con todos los animales.

En ese lejano país perdido en la Edad de las Tinieblas, que tenía su bosque de abedules y nadie conocía o recordaba su nombre.
 
Texto: Armando Quintero.
Imagen: Bosque de abedules, foto tomada de Google.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Alberto y ella




Alberto se miraba en el espejo.

Detrás de él, apareció ella.

Silenciosa como siempre.

Alberto detalló el blanco casi glacial de ese rostro fino y alargado.

Como si una máscara de porcelana lo cubriera.

También observó la elegante capa oscura que caía desde sus hombros.

Dejaba imaginar, más que ver, un estilizado cuerpo, pálido y desnudo, apenas cubierto con un largo vestido, también oscuro.

—No me la había imaginado tan bonita –pensó.

Y se sonrojó ante la idea de que ella leyera sus pensamientos.

Ella lo miraba y parecía sonreírle. Coquetearle, más bien.

Hola –dijo Alberto. Sin voltearse.

Hola –respondió ella.

Estoy viejo. Ya tengo muchos años

—Nunca llegarás a los míos.

                        ¿Vienes a buscarme?

            Ella no le respondió.

            En esos segundos, pesados como años, Alberto recordó a El séptimo sello, la película de Ingmar Bergman que había visto varias veces en su juventud.

Pero también recordó que no estaban en la Edad Media, no habría una Peste Negra tan devastadora, ni brujas, ni Inquisición…

Aunque la inseguridad, tan desbordada en estos últimos años, nos mantiene a todos encerrados desde tempranas horas –pensó. Como si la Peste, las brujas y la Inquisición sólo se hubieran trasladado de siglo.

También recordó que, para colmo, él no sabía jugar ajedrez.

—Te propongo algo –dijo Alberto, mirándola de frente: Juguemos a La Vieja.

Los ojos de ella parecieron ponerse redondos como el dos de oro.

Era evidente que le gustaba el juego.

Después de varias partidas, ella no paró de ganarle.

Es que, como siempre, tú tienes la última jugada –le comentó Alberto.

Perdón, el último silencio –corrigió ella. El más largo de todos. ¿Nos vamos?

Alberto chequeó que todo estaba en orden: el dinero adelantado de dos meses en su sobre, allí sobre la mesa, junto a la carta donde le explicaba a la dueña sobre un largo viaje de negocios, impostergable, que iba a realizar. Y de su posible “no retorno al país”.

Salieron. Al cerrar la puerta, ocultó la llave bajo la alfombra de la entrada al anexo.

Subieron las escaleras. Pasaron la reja de salida a la calle.

Después de cerrarla, desde allí, con un pequeño brinco, lanzó la llave de ésta hacia la pequeña escalera de la casa de la dueña. Como siempre lo hacía cuando se iba de viaje.

Ambos se dirigieron, lentos y seguros, hacia el carro de Alberto, que estaba muy bien estacionado en la acera de enfrente.

Una luna llena los iluminó con todo su esplendor.

Parecían una pareja de enamorados.

Detrás de la celosía de su ventanal, una vecina los vio montarse en el carro azul claro y alejarse, calle arriba, por la urbanización. Sólo comentó para sí:

—Otra vez el viejo verde se va de fiesta con otra muchacha joven.

Texto: Armando Quintero para el Taller de Narrativa Contemporánea.
Ilustración: Foto de la película El Séptimo Sello de Ingmar Berman, tonada de GOOGLE

Venganza



El grito, tan terrible y espantoso que estremeció toda la habitación, aún resonaba en sus oídos. Intentar colgar a su amo del centro de la bóveda de la cúpula del salón de las veinticuatro ventanas, no era para menos. Su voz explicándole al que propuso aquello, capaz de hacer temblar al hombre más intrépido y su desaparición después de ellas, tampoco se apartarían de su mente. Así que, cuando lo llamó, acudió lo más rápido que le fue posible. Allí estaba. No podía creérselo por más Genio del Anillo que fuera. Sus asombrados ojos se resistían a aceptarlo. En un gesto, nada habitual para alguien de su especie, se restregó los mismos con el dorso de sus espantosas manos. Quería asegurarse que no era un sueño o algo mucho peor que eso. El Genio de la Lámpara estaba transformado, desnudo, metido en unas aguas a calor moderado. En un enorme baño de mármol muy fino de diferentes colores, hermosos y variados. Seis esbeltas esclavas y un eunuco lo rodeaban. Friccionaban y lavaban su enorme cuerpo con varias clases de agua de olor. Su piel se veía más clara, tersa y delicada. Su cuerpo mucho más ligero y ágil. Cuando le preguntó para qué lo había llamado, la respuesta se hizo esperar un poco. Mucho más de lo necesario, según lo percibía. Pero aguardó, más por temor que por delicadeza. El interrogado le aseguró que el hijo del sastre Mustafá lo tenía demasiado cansado. ¿Qué?, le siguió diciendo, mucho más que cansado, ¡harto! ¡Con tantos pedidos y deseos, no lo había dejado vivir! ¡Qué maneras de meterse en problemas, además! Todos lo reconocen: desde niño había sido malo, terco y desobediente. Cuando el Mago Africano lo eligió, fue porque, según sus palabras: “Le había parecido un joven sin reflexión y muy a propósito para prestarle aquel servicio.” ¡Todos sabemos cómo terminó esa historia! Ese muchachito, porque no ha dejado de serlo, no cambiará nunca. Más que eso, se agravará con el tiempo. Hizo una pausa en su evidente malestar. ¡Oh, sorpresa! De una, le dijo la causa por la que lo había llamado. Esperaba que, con su complicidad, la de un verdadero Genio del Anillo, podría transformarse en alguien tan igual a él que, ni su esposa la princesa Badrulbudur, ni su padre el sultán, dudarían de que se trataba del propio Aladino, el hijo de la viuda, el que había osado remontar su vuelo hasta el más alto grado de fortuna.

—He de confesarte, como lo habrás notado, que me han resultado verdaderamente divertidos los placeres humanos y pienso disfrutarlos por un largo tiempo. Por seguridad, luego de la transformación, lo mantendré bien encerrado en mi lámpara, donde ya lo tengo y es custodiado por los otros genios. Ellos fueron quienes me solicitaron que me vengara o, al menos, los castigara. Fue demasiada ingratitud la del hijo del sastre devenido en príncipe y, también, la de su esposa por nuestros trabajos y obediencia a sus mandatos. Por ellos ‒dijo, señalando a las seis esbeltas esclavas y al eunuco‒, tranquilo, me aseguré de que nada podrán decir, son mudos y no conocen la escritura de nuestro idioma. Me estoy acicalando y preparando para la primer noche. Y, por supuesto, para la una y mil caricias a las que me entregaré con la Princesa Badrulbudur.

Texto: Armando Quintero, versión nueva de un cuento viejo.
Ilustración: imagen de lámpara se Aladino tomada de Google.

jueves, 30 de abril de 2015

Silencio total




La ciudad dormía entre las agudas puntas de sus torres.

Un hombre y una mujer avanzaban sigilosos por sus calles.

El manto oscuro de la noche los cubría y les permitía moverse sin ser vistos. Sobre él brillaba una luna nueva como una afilada cimitarra

De pronto, el hombre le hizo una seña a la mujer para que se detuvieran. Por una de las calles, al fondo, se acercaban cuatro hombres fornidos iluminados con una lámpara de aceite. Sin mediar palabras, el hombre amarró a la sorprendida mujer con unas cuerdas.

En voz baja, casi en su oído, le habló:

            —Ya sabía yo qué lo de  “sésamo, ¡ábrete!” y “¡sésamo, ciérrate!” nos serviría. Y, no hay dudas de ello. Bien que hicimos al seguir los pasos de mi avaro hermano Cassim hasta la cueva donde escondía todos sus tesoros. Que nunca nos descubriera fue milagroso, o parte de ese descuido proverbial que se le atribuye a los tacaños —comentó Alí Babá a su fiel esclava Morgiana. ¡Se lo agradezco a Alá todopoderoso! Como siempre le agradezco a mi abuelo que fuera tan buen fabulador y me entrenara en ello desde pequeño. Así, logré inventar lo de la cueva de los cuarenta ladrones. Con detalles tan vivos y convincentes como para que todos los vecinos, incluso Cassim, lo creyeran. Agradezco tu gran ayuda. Eso sí, debo confesarte que, con el abuelo, aprendí a ser muy cuidadoso de la suerte. Por ello, reparto del tesoro con los vecinos. Y me aseguro que no nos harán preguntas. Pero, hay algo más. Lo lamento. Nunca he desconfiado de ti, es sólo que alguien puede hacerte hablar demasiado. Ya inventaré una historia para explicarlo: ¡He ordenado que te corten la lengua!

Los cuatro hombres terminaron de acercarse.

La cimitarra de la luna nueva tembló en medio del manto de la noche.

Texto: Armando Quintero, versión nueva de un cuento viejo. Ilustración: imagen de portada de Las mil y una noches.
 

domingo, 26 de abril de 2015

Una cabeza que se asoma detrás del sofá (segunda versión)




La suegra dijo que ella misma se encargaría de comprar las flores para llevar al cementerio a la tumba de su propia hermana y de su madre, porque hoy era fechas de muertas. Sí, ya tendrá que comprarlas ella, las benditas flores. Como siempre, la suegra dirá que se le olvidó porque ha tenido mucho trabajo y gastos. Más que suficientes, con los nuevos arreglos que están haciendo en la casa. ¿Sabrá que hay que desmontar las puertas para pintar y, sobre todo, atender muy bien a las personas que trabajan en casa de uno? La mañana estaba diáfana, como regalada para sentirse bien. Se puso de pie y abrió el balcón para luego iniciar la preparación del más que abundante almuerzo. ¡Qué fiesta, qué fresco hacía! Siempre tenía esa impresión cuando, con el leve chirrido de las bisagras, que ahora le pareció oír, abría de par en par la ventana del balcón y salía hacia el aire libre. ¡Qué fresco, qué calma sentía! Más silencioso que éste es el aire a primera hora de la mañana, luego de una buena noche con Raúl, su marido. Entonces se le cruzó lo que habló con Ernestina, molesta, porque estaba harta del abuso de esos viejos, tanto, que si los hubiera conocido antes, no se hubiera casado. Vienen siempre sin avisar,  a que uno les sirva el almuerzo, la merienda y, también, a llevarse algo de comer como para dos o tres días. Porque a su suegra, ella misma lo dice y lo repite hasta el cansancio, no le gusta cocinar. Sin embargo, una sensación recorría su cuerpo, mientras estaba de pie ante el balcón abierto. No era el aire fresco. Algo iba a ocurrir en esa casa. Lo que nunca pensarías tú, no es necesario que te lo jure, es que Antoñito, con toda la inocencia de sus cuatro años, asomaría la cabeza detrás del sofá donde estaban sentados los suegros recién llegados, esperando que les invitaran a pasar al comedor, y dijera, a toda voz:

—Abuelos, ayer mamá le dijo a Ernestina que está harta de ustedes y que si los hubiera conocido antes no se hubiera casado con papá.

Texto: Armando Quintero. Ejercicio: escribir un texto narrativo en estilo indirecto libre sobre el tema Un hombre o una mujer vive un momento incómodo ante sus suegros. Realizado  para presentar en el Taller del Profesor Fedosy Santaella del Diplomado de Narrativa Contemporánea 2015 que venimos realizando.  Ilustración: Niño detrás de un sofá, tomada de GOOGLE del blog de  gettyimages, Autora de la fotografía, Lisa Mckelve.