lunes, 15 de mayo de 2017

La niña y el poeta




            Yo conocí una niña que tenía los ojos color del tiempo.
Vivía en un pueblo donde todas las casas tenían los techos rojos, las puertas y las ventanas pintadas de verde, las paredes blancas. Las mesas, las sillas, los objetos eran muy parecidos unos a otros. Los animales eran tan similares que, a la hora de querer jugar, acariciar o solo saludar al gato, al conejo o al perro que eran mis mascotas, pasaba tiempo para diferenciarlo de los otros gatos, conejos o perros. Las personas se parecían como en las monedas se parecen las cabezas de los héroes. O esos números rodeados de laureles que, también, encontramos allí.
Era un pueblo donde no pasaba nada. Todo se repetía, se repetía, se repetía. Se le conocía por ello y se llamaba El Pueblo Donde No Pasaba Nada.
Cierta vez, la niña quiso asomarse al mundo. Quiso ver si fuera de su pueblo podía encontrar, aunque más no fuera, una flor que tuviera pétalos con formas, colores y aromas diferentes. Y se fue. Caminó, caminó y caminó mucho tiempo. Hasta que llegó a la casa de un señor que, casualmente, era un poeta. El poeta estaba dormido pero, como buen poeta y distraído que era, no le había puesto trancas a las puertas. La niña empujó la puerta y entró.
La sala, como toda casa de poeta, estaba desordenada. Sobre la mesa de trabajo descubrió unos cuantos libros. Otros en las sillas o entre variados objetos o en el suelo. Algunos pocos, dispersos en los estantes de las siete bibliotecas de aquella sala. La niña de los ojos color del tiempo fue tomando cada libro entre sus manos. Y descubrió que cada uno era diferente. Cada libro tenía portadas con ilustraciones distintas. Letras de tamaños, formas y colores diversos. Los papeles de los libros tenían texturas distintas. Y, hasta los aromas que salían de sus páginas, eran diferentes. La niña los fue mirando y leyendo hasta que se quedó dormida.
A la mañana siguiente, cuando el poeta se despertó, encontró a la niña durmiendo en su escritorio arropada en libros. Y le dio tanta vergüenza del desorden que quiso arreglarlo, sin hacer ruido, para que la niña no se despertara. Comenzó a colocar cada libro en las estanterías de sus bibliotecas, cuidando hasta el sonido de su respiración. Pero, de pronto, vio que la niña lo miraba con sus ojos color del tiempo.
Ella no le hablaba. Estaba débil, suave, delgada, blanca como una hoja de papel.  Y, el poeta comenzó a escribir otro de sus cuentos sobre ella. Escribió, escribió, escribió hasta sentir que se convertía otra vez en una niña.
Con una sonrisa muy abierta en su cara y una alegría muy grande en su corazón, la niña se despidió del poeta. Lo hizo con un beso y un abrazo que sonaron como el suave susurro de un roce de papeles, como la tenue sonoridad de un libro cuando se le hojea. Caminó, caminó y caminó mucho tiempo. Hasta que regresó, al fin, al Pueblo Donde No Pasaba Nada para contarles a todos lo que le había sucedido en la casa del poeta. Al llegar, justo a la entrada de su pueblo, notó que en su brazo se comenzaba a leer, con la misma letra del poeta: “Yo conocí una niña que tenía los ojos color del tiempo…”  Ella quiso leer todo lo que el poeta había escrito sobre ella.
Y leyó, leyó, leyó hasta convertirse en este cuento que acabo de contarles ahora.

Ilustración y texto: Armando Quintero Laplume

miércoles, 10 de mayo de 2017

Mientras nos envolvía la niebla






El abuelo sabe de nieblas porque creció en el páramo.
Él nos decía que la niebla hace que uno deje de ser lo que es.
Que la niebla es una cosa muy seria.
Tan, pero tan seria, que envuelve todo y a todos sin que nos demos cuenta.
El abuelo nos decía que, cuando comenzó a envolvernos, se fue perdiendo dentro de ella el saludo de buenos días, buenas tardes o buenas noches, según amerita la ocasión.
Que se nos perdió la sonrisa que estaba en la cara de cada uno de nosotros, porque la niebla te hace extraviarte por sendas de amarguras.
Que logró que olvidáramos el pedir nuestras disculpas cuando, en alguna situación involuntaria, uno tropieza o empuja a alguien.
O, ni que hablar, hasta de recoger y alcanzarle al otro lo que uno vio que se le cayó por distracción o por descuido.
Y que, para peor, uno lo tomara para sí, como si fuera propio.
O se nos olvide agradecer el paso cedido, la compra adquirida, el asiento otorgado.
Es que, cuando te envuelve la niebla, te afincas en tu puesto del metro o del autobús y te dedicas a escribir mensajes en tu celular o a hacerte el dormido cuando entra un anciano o una mujer embarazada para no ver al otro, aunque todos se den cuenta.
El abuelo decía que cuando nos envuelve la niebla uno deja de ser uno.
Y, se vuelve un enorme bicho de cuatro patas, lleno de pelos, con unos cachos y unos dientes enormes y con una cola larga, así use un celular.
El abuelo nos contaba que alguien, una de sus amistades, le contó una vez que, en un lugar envuelto por la niebla, se fue creando una selva apretujada.
Por un poco más de espacio, necesario para ellos, le reclamaban los elefantes a los hipopótamos, los leones a los elefantes, los tigres a los leones, las gacelas a los tigres, las hienas a las gacelas, los gorilas a las hienas, los monos a los gorilas y las ratas a los primeros. Sin detallar los silbidos, chillidos y ululares de las aves, el golpeteo de las colas de los cocodrilos, los bruscos movimientos de las pirañas y la tensa calma de otras especies, que parecían mantener un silencio respetable.
Los reclamos se elevaban bajo los techos con toda su intensidad.
Porque los hipos, gruñidos, barritos, quejidos y aullidos de cada uno de los animales de aquel poblado zoológico invadían, ya, a los espacios más íntimos de las fábricas, los talleres, los edificios y las casas de la gran ciudad.
¿Quién fue el primero, si lo hubo? ¿Todos lo hicieron a un tiempo? ¿Fue una solución organizada o meramente ocasional? Nunca lo sabremos.
Sólo se supo que, al irse todos los hombres, mujeres y niños que aún quedaban, alguien abrió las jaulas y refugios de los animales.
Ahora, los espacios de todo el zoológico incluyen las calles, avenidas y cada una de las numerosas habitaciones abandonadas por sus humanos pobladores.
Por ello, si usted llega a una gran ciudad y comienza a sospechar que quienes la habitan pasan a su lado como si usted no existiera para ellos, o lo miran desafiantes o amenazadores, no le hablan ni responden y, menos, le sonríen, no se asuste, cuídese.
Sólo responda a todos, y a todo, con la mayor serenidad que le sea posible.
Y con una muy leve mirada. De esas, de las de otro mundo.
No es sólo por una sana, gentil y urbana humanidad.
Es por sobrevivencia.

Texto e ilustración: Armando Quintero Laplume. El texto pertenece al libro Parábolas para tiempos nublados.

domingo, 7 de mayo de 2017

El cuento siempre debe continuar





Así es: el cuento siempre debe continuar. 
Desde que comienzas un cuento que has elegido, para un público ya determinado, sabes que no puedes abandonarlo.
Eres tú quién lo elegiste, lo seleccionaste entre muchas posibilidades, lo preparaste y ensayaste por y para ellos. Nada ni nadie puede detener su marcha desde su inicio 
hasta su final. ¿Se dio una situación imprevista? Intégrala o ignórala, no abandones el cuento. ¿Se te olvidó un detalle importante? Sigue, mientras buscas cómo acomodarlo en la historia que vienes narrando. ¿Cambiaste el nombre de un personaje? Sigue con ese nombre... El público no lo notará porque no se sabe tú cuento. Y si lo sabe, al no mostrar dudas en el cambio puede que piense que él es el equivocado y seguirá atento a la veracidad de tú historia.
El público sólo nota lo que tú haces evidente. Y alabará y agradecerá lo creíble de tus palabras. Disfruta lo que se presente para hacer que los otros también lo disfruten. Diviértete para que los otros se diviertan contigo y con cada una de las situaciones, emociones y sensaciones que el cuento lleva en sí.
Y continúa con el cuento hasta el final, incluso, hasta después de los aplausos.

Una secuencia fotográfica muy divertida de Freddy Lacruz Moreno fue el detonante de estas reflexiones. Las fotos fueron tomadas en el Parque Simón Rodríguez de Los Ruices, Caracas, el domingo 23 de abril, Día del Idioma, mientras narrábamos a los vecinos de la urbanización con el grupo Narracuentos UCAB.
Al publicarla en Facebook, surgieron varios comentarios, algunos de los cuales cito. Y lo hago porque me permiten unas observaciones y reflexiones como narrador consciente del oficio, también, como lo haría cualquier público que está atento al arte de narrar cuentos.

He aquí tres comentarios iniciales y una propuesta
Ligia Roa Puedo escuchar tu cuento apenas con la secuencia. Se ve el inicio del cuento, su desarrollo, el nudo, y el final...excelente...

Williams Arellano Tan divertida que mi hija y yo las disfrutamos y nos divertimos solo viéndolas.. Dios te siga bendiciendo junto a los tuyos. Saludos Hermano...

Tugomir Yepez El mejor cuento corto que he leído.

Siempre tenemos claro que el público ve y escucha como un público activo, nada pasivo. Es cómplice y coparticipe de la actividad. No es un mero espectador y, por ello, recrea “a imagen y semejanza” de sí mismo todo lo  que decimos y hacemos al narrar. Y eso es parte del arte.
Me agradaron estos tres comentarios, que agradezco. Sin embargo, las fotos fueron montadas y no corresponden a un solo cuento sino a dos. Incluso, la foto inicial estaba de último cuando el fotógrafo me envió la secuencia. Espero que esto sea valorado y, los amigos que lo hicieron, no rechacen sus comentarios. No fue un error, simplemente fue lo que sintieron. Pero, por qué se ha dado esa interpretación de las imágenes. Los comentarios que siguen lo explican.
He aquí tres comentarios más y otra propuesta
Carlos Enrique Navas Rodríguez Gracias Maestro
Así cuento, como me enseñó, ¡con pasión!

Laura Matute De Rodríguez Imágenes y palabras de un Maestro. Tiene que serlo, para decir lo que dice y para hacer lo que hace, de manera en que lo hace. Seguridad, convencimiento, compromiso consigo mismo y con la audiencia, disfrute y gozo. ¡Esta dicho y hecho! Aplausos y vítores...

Freddy Enrique Lacruz Moreno Armando Quintero Laplume. Disfruto tanto de tus cuentos y quisiera hacer más con tus expresiones pero a veces me embebo en la narración que quizá pierdo expresiones corporales con las que acompañas la historia, ¡seguiremos mejorando!


                El camino a observar va por ahí: pasión, seguridad, convencimiento, compromiso personal, con uno y con quién lo escucha  hacen muy creíble, muy veraz, lo que se crea con voz y cuerpo, con todos los lenguajes utilizados en el acto de comunicación directa que implica narrar cualquier cuento. Para cerrar este texto, les propongo, como un divertimento, lo siguiente:
Armando Quintero Laplume Los amigos, ¿pueden contarme el cuento que ven? Me encantaría.



Texto: Armando Quintero Laplume / Foto: Freddy Lacruz Moreno

sábado, 6 de mayo de 2017

Los tres primeros textos de ABUELARIO





Gotas desbordadas
—¡Cuidado porque las gotas están por rebozar el vaso!  —dijo la abuela vasca, con cierta firmeza.
Todos los irresponsables siguieron como si nada.
Y hubo que secar la mesa, el piso y hasta el patio.
¿Qué dice la historia?
El abuelo conversaba con unos amigos que fueron a visitarlo.
Hablaban del inminente arribo de una posible Segunda Guerra Mundial.
Uno de ellos, como para cerrar la conversación, comentó:
—La historia vuelve a repetirse, como dicen.
—¿Cómo que la historia vuelve a repetirse? —preguntó, la abuela. Y, de inmediato, le dijo al otro: ¿No será que nosotros no hemos cambiado?
Caminar por la vida
—Para conocer a una persona sólo déjenla caminar por la vida. Sus pasos son el propio reflejo de quién es —decía la abuelita vasca.
Y, con pícara y abierta sonrisa, agregaba:

Ellos no inventan chismes.

Textos e ilustración: Armando Quintero, de su libro ABUELARIO (Mini cuentos y otros textos para leer entre líneas) 

viernes, 12 de junio de 2015

UNA HISTORIA SIN NOMBRES




En memoria poética a  Nazim Hikmet y Elsa Isabel Bornemann, que siguen vivos entre nosotros.


Ésta es la historia de un hombre grande, muy grande, que conoció a una mujer pequeñita, pequeñita.
Cómo se llamaban y en qué país ocurrió, nadie lo recuerda.
Sólo se sabe que es una historia que sucedió hace muchos años. En aquellos tiempos en que se levantaban los pantalones con roldanas, como nos decía nuestra abuelita vasca.
El hombre grande y la mujer pequeñita se conocieron un día de verano que más bien parecía uno de primavera.
El día estaba lleno de pájaros y mariposas que revoloteaban por doquier, entre un fuerte aroma a  madreselvas en flor.
Eso sólo era así cuando el viento no venía del lado contrario.
Desde allí, llegaba con un fuerte olor húmedo a salitre, algas, peces y barcos hundidos, porque era un sitio a las orillas del mar.
El hombre grande disfrutaba de caminar por la playa y, cada tanto, se daba vuelta para mirar sus enormes huellas dibujadas sobre la arena.
El hombre grande se veía bien bonito con su cuerpo cubierto de vellos rubios, su enrulada cabellera suelta, movida por el viento, y sus ojos azules de un metro de iris.
De pronto, al darse vuelta, vio que sobre sus huellas venía dando brincos una mujer pequeñita. Y la observó muy bien.
La mujer pequeñita no era más grande que sus huellas de hombre grande si estuvieran de pie, detalló. Vestía una ajustada falda roja, calzaba unos zapatos del mismo color y había soltado la trenza de su larga cabellera castaña, para liberarla al esplendor del sol.
El hombre grande era tímido, muy tímido.
Y la mujer pequeñita, ¡tenía un carácter!
Pero, igual, él se enamoró de ella. A primera vista. Como a veces suele suceder.
De si ella se enamoró de él, no lo sabemos.
Un día, la mujer pequeñita le dijo al hombre:
─ ¡Hazme una casa grande, llena de  todo lo necesario!
El hombre grande trabajó y trabajó, hasta que hizo una casa a la medida.
Hermosa, la casa.
Con amplias habitaciones, muchos muebles de madera labrada, bellos adornos y todos los utensilios necesarios. Algo más a como se la habían pedido.
Una gigantesca casa de piedra que ocupó casi una media hora de los ojos pequeñitos de la mujer pequeñita para poderla ver de frente.
─ ¿Qué es esto, chico? ¿Cara de qué me has visto? ¡No la quiero! No me gusta. ¿Tú piensas que voy a pasar todo el día para subir los tres escalones de esa entrada cuando no estés conmigo? Es muy hermosa esta puerta de madera para entrar a la casa. Bien me dice de lo que encontraré dentro. Pero, ¿cuánto voy a demorar en alcanzar su picaporte, si lo alcanzo? No quiero ni siquiera entrar. Sólo piensa. ¿Qué haré para arreglar y limpiar la sala? ¿Cuántos días demoraré en hacerte la primer comida? ¡No la quiero! Más: ¡ahorita mismo me voy!
Lo último que escuchó el hombre grande, muy grande, fue la voz chillona de la mujer pequeñita diciéndole ¡adiós!, mientras, daba varios saltitos para desaparecer de su lado.

            ─ ¿Así termina la historia?
            ─ De acuerdo a lo que logrado averiguar, no. Aquellos que cuentan cuentos tienen tres versiones para el final de la misma.
            ─ ¿Nos toca elegir con cuál de ellos nos quedamos, sea porque es el más interesante o sólo porque es el que nos gusta más?
            ─ Eres, tú, quien lo pregunta, no yo. Yo sólo sigo con lo que te estoy narrando.

            El primer final dice que todo terminó aquí. Cuando la mujer pequeñita se fue dando sus pequeños saltos y el hombre grande entró en su casa. Así de triste, así de mal. Y los contadores de cuentos lo justifican aclarando que no todas las historias tienen un final feliz.  Cosa que no deja de ser cierta, según lo vemos en otros cuentos.
            El segundo final, que es el más conocido, nos asevera que la mujer pequeñita, a la semana, se enamoró de un hombrecito de su tamaño y se casó con él, para vivir en la ciudad en una casita de su tamaño, llena de todo lo necesario y con un cerco de otras flores, tan olorosas como las madreselvas, a su alrededor. En tanto que, el hombre grande quedó viviendo en la casa que había construido para ella. A la espera de otra mujercita para que la habitara junto con él, mientras  le entregaba  todo su amor de hombre grande.
Al tercer final, me lo contó nuestra abuelita vasca, que siempre nos decía:
─ Como lo cursi tiene su encanto, a mí, es el final que más me gusta.
 Los que cuentos cuentan, nos afirmaba, dicen que sí, que la mujercita que, sin duda, tenía un corazón pequeño, abandonó al hombre grande y se casó con un hombre pequeñito que tenía una casa pequeñita llena de todo lo necesario, justo, al lado de la casa que no quiso.
Cuentan, también, que el hombre grande, muy grande, se alejó de allí, hacia el patio trasero de su casa para tenderse en el suelo y llorar. Y aseveran que lloró y lloró hasta convertirse en una montaña con la forma de un hombre acostado en la tierra, boca abajo.
La mujer pequeñita y su marido, como si fuera propiedad heredada, se hicieron muy ricos al vender la casa del hombre grande, con la condición de que la cambiaran de lugar.
Con el dinero obtenido derribaron su casita y construyeron una al pie de la montaña.
Pero, al pasar los días, las semanas y unos meses, la mujer pequeñita, pequeñita, se despertaba ansiosa, como en medio de un mal sueño. Sentía que un dedo rosaba su cuerpo desnudo. Era un dedo grande que olía a madreselvas en flor.
Y pasó el mes. Y el venidero. Y el otro. Y el siguiente.
A la mitad de una noche de luna llena, casualmente, después de pasar un nuevo día de verano que más bien parecía uno de primavera. Justo un día como aquél, el que ya no recordaba, porque era un día lleno de pájaros y mariposas que revoloteaban por doquier. Entre un fuerte aroma a  madreselvas en flor, la mujercita se despertó ansiosa. 
Pero no como las otras veces.
Esta vez, sintió que su corazón se hacía tan grande, tan desmesuradamente grande, que su cuerpo debía crecer muchísimo para lograr contenerlo.
Y recordó que el hombre grande, muy grande, al que cada vez venía amando más en el secreto de sus noches, le había contado que fue así, por tener un corazón muy grande, como se trasformó en gigante. Así que supo lo que tenía que hacer.
Corrió montaña arriba, iluminada por la luz de la luna.
Cuando llegó al claro del monte que parecía la espalda del hombre grande, se tendió sobre ella, abrazándola. Y se durmió.
Al amanecer, desde ese claro del monte, volaron bandadas de pájaros y mariposas.
Y sobre la espalda de la montaña se veía un enorme jardín de madreselvas que tenía la forma de una mujer acostada sobre ella, abrazándola.


Texto: Armando Quintero. Basado en el poema “El gigante de ojos azules” de Nazim Hikmet y en el Cuento Gigante de Elsa Isabel Bornemann / Ilustración: Armando Quintero
Enlaces: Pueden leer el poema y el cuento en los enlaces que están señalados abajo:
http://www.cancioneros.com/nc/6931/0/el-gigante-de-ojos-azules-hikmet-nazim-dina-rot /
http://bpcd-ebornemann.blogspot.com/2013/06/cuento-gigante-de-elsa-bornemann-del.HTML

domingo, 7 de junio de 2015

Creo en Aquiles Nazoa siempre vivo


 

Creo en ti, Aquiles Nazoa, padre todo poderoso, que supiste hurgar en la vida privada de unas muñecas de trapo y crear historias como la de un caballo que era tan bonito como para alimentarse de jardines y que, cuando fue muerto en un campo de batalla, resurgió, no de sus cenizas como el Ave Fénix sino de sus propias flores, para elevarse en los aires cual mariposas o pájaros de múltiples colores; o, esa en la que tu madre recorre su pueblito de recuerdos mientras, tú, tomado de su mano, sentado en sus faldas o apoyado en sus hombros, te vas haciendo pequeño, más pequeño, pequeñito, hasta llegar al momento en que eres gestado por la suavísima alfarera que ella es al escuchar el susurro de las palabras enamoradas de tu padre;  o, en fin, esa otra en la que revitalizas los mágicos instantes en los cuales tu padre te contaba un pícaro cuento de animales. Creo en ti, el Aquiles Nazoa que se paseaba por las calles de Caracas a pie, en bicicleta o montado en un tranvía de dos pisos; o trepaba por las alambradas de las estadios para remontar papagayos multicolores que se elevan en los aires como signos libertarios. Creo en ti, hermano de las estrellas, oidor de las tinajas sonoras que se recargan con las gotas de lluvia, recolector de las monedas de chocolates atesoradas bajo las almohadas de la niñez y hasta, por qué no, respetuoso de los silencios para que tus tíos panaderos pudieran dormir de día porque trabajaban por las noches.  Creo en ti, el que escuchaba a su isleña abuela de El Hierro susurrando sus cuentos y canciones para llenar tu niñez pobre, pero nunca triste. Tan hermosa en la realidad y poblada de fantasías como como la revivida y vuelta a pasar por tu memoria. En fin, creo en ti, y lo creeré por siempre, porque eres ese Aquiles Nazoa que se levanta en las mañanas para acompañarnos desde las páginas de tus libros, se monta en su escarabajito y recorre nuestras violentadas calles para gritarnos que Venezuela es aún posible si, como tú, creemos y amamos las cosas sencillas de la vida.
 
 
Texto: Armando Quintero / Ilustración: Nicolás Ignacio Daboín Quintero 

jueves, 28 de mayo de 2015

La muchachita del bosque


Es posible que no todos los cuentos comiencen por había una vez o érase una vez.

Éste, sin embargo, sí.

Había una vez un lejano país perdido allá por la Edad de las Tinieblas.

En ese país, había un enorme bosque de abedules.

Por lo tupido de su vegetación, podría llamarse Selva Negra.

Pero, no: nadie conocía el nombre de ese bosque.

Quizás, algunos, no querían ni acordarse.

Varias trochas y caminos serpenteaban por él.

Todos conducían a una casa, hermosa. Como de cuento.

Un águila giraba, cada tanto, sobre ella como avistando a una presa.

Bajo las pocas nubes blancas, iluminadas por el sol de la mitad de la mañana.

La puerta de la casa estaba abierta.

En sala, en un perchero de pie, se veía una caperuza de color…

—¡Rooooooojo!

—¡No! Esta vez era azul.

Desde la cocina, manaba un fuerte olor a legumbres y hortalizas recién cortadas.

Una muchachita picaba, con extremo cuidado, papas, puerros, zanahorias, varias cebollas, ajo y unas cuantas ramitas de perejil.

A un lado de la mesa, una enorme olla con suficiente agua y sal.

Sobre la mesa, además, se veían unos fideos para sopa.

Las indicaciones del caldo a hacer en aquel día, eran del Sr. Lobo.

¡Un buen maestro de cocina!

—¿Dónde está la carne?― preguntó la muchachita.

El lobo tomo un enorme y afilado cuchillo. Y sonrió con malicia.

―Es tu carne, amiguita― respondió, mostrando sus afilados colmillos.

―La mía, ni lo piense, Señor Lobo. Yo no soy Caperucita.

—Sólo fue una broma.

El lobo abrió la puerta de una de las alacenas y sacó una fuente con una enorme calabaza cortada en trozos.

—No hay pulpa más sabrosa y tierna— comentó. Y ambos rieron mucho.

De inmediato, pusieron los trozos de calabaza, las zanahorias y unas hojas de laurel  en aquella olla grande.

El águila graznó desde lo alto cuando el lobo y la niña llevaron la olla al encendido fogón del patio trasero de la casa.

Luego le fueron agregando los puerros, las cebollas, las papas, los fideos y las ramitas de perejil. Y dejaron que todo se cocinara a un buen fuego moderado.

Cuando el aroma del caldo de legumbres y hortalizas ya invadía todo el lugar, el Sr. Lobo le hizo una seña a la muchachita que sacudió en el aire un gran pañuelo rojo.

El águila grazno con toda su fuerza.

Los animales aparecieron por las trochas y caminos.

Y se sentaron alrededor de la larga mesa ya servida.

Era la hora del almuerzo vegetariano que, desde hacía un tiempo, el lobo compartía con todos los animales.

En ese lejano país perdido en la Edad de las Tinieblas, que tenía su bosque de abedules y nadie conocía o recordaba su nombre.
 
Texto: Armando Quintero.
Imagen: Bosque de abedules, foto tomada de Google.